SALTA (Por Ernesto Bisceglia para Voces Críticas) Conviven en la persona de Monseñor Dante Bernacki algo bíblico y, al mismo tiempo, profundamente norteño. No se trata de escribir el panegírico del sacerdote como autoridad eclesiástica, sino del hombre que convirtió el camino en una forma de Evangelio.
Mientras muchos sacerdotes esperan a sus fieles en el templo, Dante salió a buscarlos. Durante dos décadas no fue simplemente quien acompañaba peregrinos. Se hizo peregrino con ellos. Caminó, compartió cansancio, frío, hambre, silencio, conversación, oración y, sobre todo, esperanza. No es el hombre que está arriba del altar, sino el hombre que camina al lado del que tiene frío en la Puna.
Hallamos en Monseñor Bernacki también algo teológico, porque Jesús no envió a sus discípulos a instalarse cómodamente, sino que los envió por los caminos: “Ite ergo et docete omnes gentes” (Mt. 28, 19), dijo el Maestro: “Vayan, pues, y enseñen a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Eso, literalmente, hizo Dante durante dos décadas.
Porque en esos peregrinos que desandan los kilómetros el mensaje del Evangelio toma cuerpo y se hace presencia vigorosa del Espíritu Santo. ¡Qué mejor prédica puede existir!
Haber elegido la Puna como punto convergente de peregrinación tiene también algo bíblico: es desierto, como aquel donde Jesús se retiró a meditar; es silencio, el ámbito donde el Creador realiza las grandes cosas; es intemperie, como es la vida, y transcurre por caminos interminables. En ese paisaje hostil, Dante Bernacki levantó un templo sin paredes y formó una Iglesia —Ecclesiam—, una comunidad que solo quien ha conocido a los peregrinos comprende cuán sólida es en la fe.
