SALTA (Por Ernesto Bisceglia para Voces Críticas) Hay momentos en la historia de los pueblos en que gobernar deja de ser suficiente. Son aquellos en los que una sociedad necesita algo más difícil que administrar el presente: debe ponerse de acuerdo sobre su futuro.

La Argentina nació bajo esa lógica. Nuestro propio Preámbulo constitucional reconoce que la organización nacional se hizo “en cumplimiento de pactos preexistentes” y esa no es una frase menor porque nos indica que antes que Constitución hubo acuerdos; antes que arquitectura institucional hubo voluntad de encontrar un punto común entre realidades diferentes.

Y también en estos Pactos, la provincia de Salta fue protagonista del más importante de todos. Porque aquellos “Pactos preexistentes”, al fin, se vinculaban a negociaciones entre las provincias centrales, pero en Salta se firmó el “Pacto de los Cerrillos”, en 1816, entre José Rondeau y Martín Miguel de Güemes, un acto que la política suele olvidar como fue sentarse a negociar cuando todavía tenían razones para enfrentarse. De ahí la moraleja y la importancia, porque ese Pacto permitió nada menos que la realización del Congreso de Tucumán. En nuestra óptica, es superador de todos los “preexistentes”.

Pero las circunstancias han cambiado y a la coyuntura electoral se agrega ahora otra, mucho más profunda: la posibilidad de que Salta deje de mirar al país exclusivamente desde la periferia de Buenos Aires y comience a pensarse como uno de los nodos estratégicos del nuevo mapa económico regional.

El Corredor Bioceánico, la minería, la energía, la producción agroindustrial, la logística y la conexión con los mercados del Pacífico no son proyectos independientes. Forman parte de una transformación que puede modificar la posición histórica del Norte argentino y principalmente la de Salta.



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